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Te Invito a Mallorca

( . . . y si te apetece me llamas) Pregunta por: Iván Terrasa Munar

 

Que qué hacía yo allí, aquella tarde, con aquel frío, invierno pleno, el cielo más inmenso azulándose hacia el gris virando a negro avisando tanta lluvia el rimel de las nubes, primero quieto, allí en medio de la arena silenciosa, después para adelante con la bufanda por las orejas, los pasos en vertical hacia la orilla adentro de las botas, nadie más que nadie más que yo en el brazo blanco tan infinitamente prolongado y virgen de aquel Trenc en su otra faz, la que no ven ni alemanes ni suecas ni bronceadores y sólo algún pescador y sólo algún desenamorado que precisa estar solo y sólo algún que otro nostálgico de aquel verano, o de aquel otro, entonces, queriendo oír en las bocanadas del viento contra las olas y viceversa la quinta de Malher, Muerte en Venecia, siempre el mar, siempre la mar como destino y la playa como flash puntual de los mejores momentos bajo el sol y entre risas y sal y cervezas y miradas y arena fina, fina, la de mi Trenc, su arena, pero ahora, sí, diciembre, la lluvia, ya, no aguantando más, el frío húmedo en las articulaciones desarticuladas y los huesos que necesitan más calcio y la piel de la cara pálida y tersa como pasada a piedra pómez, era una buena pregunta...

Sobre la loma de invierno claro y cielo como el de hoy a veinte pasos no más del mar había dado de mí todo lo que en mí había de poeta, no demasiado a juzgar por las infaustas ventas de mis dos únicos libros en una editorial de tercera; pero eran míos y por eso únicos y verdaderos, poemas al mar de julio, al cielo blanco y azul de agosto, a aquella morena en tanga salmón zurcida como las diosas que me miró y me sonrió y no me miró ni me sonrió nunca más... Mallorca en verano, y en invierno, y a cada segundo entre estrellas de ocho tentáculos o frente a la chimenea del albergue de montaña, y en otoño y en primavera al amanecer bajo lo pí de Formentor o al crepúsculo en el mirador del que fue palacio del Archiduque Luis Salvador, príncipe de príncipes austriacos que quedó prendado de la Serra de Tramuntana (el Deià de Robert Graves y ahora de Michael Douglas y Springsteen y de Mark Knopfler, el Sóller de los emigrantes franceses, la Valldemossa de Chopin y Georges Sand, la Esporles de mis antepasados...) y de sus calas por descubrir y de una payesa, el Archiduque, nativa de nombre Margalida a la que dio tierras y noches y bastardos y la dicha siempre aplaudida por los visitantes de la puesta de sol más bella del planeta Tierra, que une corazones, y provoca treguas al desamor, y promete en la parva choza de cañas y barros frente a un Campari con hielos y una aceituna las más auténticas y mágicas madrugadas afrodisíacas en la Isla de la Calma que hierve...

Refugiado de la imponente tormenta que sin embargo da tanta confianza, en el viejo bar de pescadores de Es Trenc, siempre abierto, siempre los mismos, frente a un café largo de leche y un buchito de licor de hierbas alucinógenamente mezcladas por los propios pescadores cual indios del Amazonas profunda sólo que descendientes del Rey Jaime I allá por el 1229, junto a la ventana violacea y encharcada en los cristales, recordé los veranos de esta Isla Que Hierve... nada que objetar a alemanes e ingleses y turcos y palestinos y daneses y ovetenses y madrileños y granadinos y a todo el que quiera venir a esta tierra de acogida siempre que respeten y admiren sin destrozar y sean limpios y honestos con la belleza y la historia y se integren de frente como los nativos de la Isla, gente siempre de frente, no oponen obstáculo alguno, sino facilidades, a su integración. Pero el verano que hierve, decía; siempre que el humor y la predisposición del viajero sean los óptimos para hacer de los días y las horas en la Reina del archipiélago una experiencia imborrable aquí lo tiene TODO para ser feliz: olas verdes y azules y claras por los cuatro costados, playas de arena tan fina y blanca, y de rocas y baños de algas, y masificadas en las zonas turísticas si es éste el rollo o desiertas y nudistas como la zona oeste de Es Trenc sobre la que ahora veo llover tan preciosamente que no queda más que sonreír y ser parte, ser parte de todo esto... Hay también, en el interior de Mallorca, pueblitos con sus viejos tomando la fresca ofreciendo fruta y anís y conversación frente a las puertas de sus casas, siempre junto al botijo de agua helada, y hay, en ese interior, paradores centuriales donde comer sobre mesa y mantel a cuadros se convierte en primer segundo y octavo y todos los artes compendiados a la vez, regando la garganta y el alma y el cuerpo con vino autóctono que ya quisiera para sí la vetusta (aunque siempre respetable) zona de La Rioja; y la ya referida Serra de Tramuntana, cordillera Oeste, montaña y mar accesible sólo al soñador, lo último que quiero ver, si es que minutos antes me avisan de que ya llegó a por mí la muerte...

[Continuar . . .]

 

 

 

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